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El suelo bajo sus pies, Salman Rushdie
3 Puntos, 2 de septiembre de 1999

Cuatro años empleó Salman Rushdie para escribir este libro, cuya acción se desarrolla en 1989, en un mundo conflictivo, contradictorio e incierto. El narrador, Rai Merchant, tiene una voz detrás de la cual, como en el artilugio vocal del ventrilocuo, se descubre muy a menudo la voz del escritor. La fecha no es casual: recuerda o, mejor dicho, vuelve explícita la condena de la Fatwa que todavía pesa sobre sus hombros, un hecho tan inexplicable y al que resulta tan penoso y trabajoso escapar como resulta penoso y trabajoso saltar aquí y allá las grietas abiertas en la tierra por un terremoto. Las referencias autobiográficas son evidentes, entonces, desde el principio. Rushdie parece pensar que la novela (no ésta novela en particular: el género) es, por encima de todo, la descripción de un determinado fragmento de la realidad, imaginada o verdadera, o verdadera disfrazada de imaginada, pero de la realidad definida en el sentido que lo principal en ella es la multidireccionalidad, la pretensión de ser capaz de abarcarlo todo, narrarlo todo, explicarlo todo, yendo hacia atrás y hacia adelante. Esto no excluye la fantasía más desenfrenada. Simplemente se trata de que el lector se vea obligado a creer que las cosas son o pudieron ser así y no de otra manera. Y como el testigo confiable Rushdie se empeña en hablar hasta de los más nimio con tal lujo detalles que es imposible no creerle que ha estado allí y que lo cuenta es verdad.
La heroína, Vina Apsara (“un nombre demasiado bonito para este mundo”), cantante de rock de voz salvaje e irresistible, lira india, ninfa parecida a un cisne, muere en un terremoto. El libro comienza así, y lo que sigue es su historia, narrada por su amigo y amante ocasional, el fotógrafo Rai, con Ormus Cama, un muchacho al que su hermano muerto le dicta las canciones que serán famosas más tarde y que él reconoce cantadas por los más variados emblemas musicales del siglo. Pero Rushdie escribe con una mano y borronea con la otra gestos encantadores, como quien, contando una historia, pone continuamente en duda la veracidad de lo que afirma, o como quien invita a pensar que si la historia es esta bien hubiera podido ser otra. Ormus escucha las canciones famosas antes, “dos años, ocho meses y veintiocho días antes que nadie” (de donde, según esa versión divergente de la historia de Ormus y Vina, su “realidad alternativa”, la gente de Bombay podría pretender que fue realmente “su” música la que revolucionaría las conciencias, y no “mercancía extranjera”, sino hecha en la India: “Dos años, ocho meses y veintiocho días, por cierto, suman (salvo si uno de los años es bisiesto) mil y una noches. 1956, sin embargo, fue bisiesto. Vrete a saber. Esa clase de paralelismos sobrecogedores no siempre funcionan exactamente”.
Una novela puede ser cualquier cosa, independientemente de sus leyes, empezando por una aventura psicológica hasta algo que se acerca al tratado filosófico o social. Todo lo que se necesita es que en ella ocurran cosas: las ideas y su lucha deben mostrarse sobre seres vivos y no sobre maniquíes. Rushdie evita a conciencia la presentación de fragmentos de vida en la que el autor, llevando anteojeras como un caballo temeroso, debe evitar cualquioer digresión real y hasta aprente. Todo está justificado, porque todo es posible. Y el juego, en todo caso, consiste en hacer que hasta lo imposible parezca posible. Si la locura puede definirse como el ver todo como posible, nadie es más loco y más genial que Salman Rushdie.